Diario del violento en el deporte base
El diario. Por la mañana. Da igual lo que desayunes o comas el día del partido. Lo importante es alimentar tu bilis con pensamientos de odio y de repugnancia hacia todo lo que no sea de tu agrado.
Un zumo de limón con miel hará que tu garganta esté preparada para insultar, y un vasito de vinagre, te ayudará a ver la mañana con mejor humor. Si estás con tu familia, muestra tus insultos, que vayan aprendiendo lo que es la vida. No te olvides de la vestimenta. Viste cómo lo haces siempre, el traje de trabajo (hoy no toca corbata), el chandal, o esos vaqueros que te hacen sentirte joven. El hábito no hace al monje.

Cuando vayas al bar (el día del partido es conveniente visitarlo en más de una ocasión), haz algún comentario sexista, homófobo o racista y comparte los exabruptos con alguno de tus amigos de barra. Es muy importante que ese momento tu hijo o hijos te acompañen para este menester. Si hoy es el día del partido, dale la oportunidad de sentirse orgulloso de su padre.
A la mente no hay que dejar de entrenarla, y claro, con un poco de alcohol tu cerebro está mejor engrasado. Por cierto, en el bar no leas la prensa, hay cosas escritas que puede desentrañar un riesgo para tu intelecto. Descifrar letras y entender textos puede generarte confusión mental. Céntrate en las fotos.
Por la tarde
Cuando te dirijas al campo o pabellón deportivo, sé de los primeros en llegar. Date una vuelta por el entorno, otea la situación, y haz saber al resto que ya estás ahí. Un tipo como tú, necesita ser visto. Si ves a algún padre, jugador o miembro del cuerpo técnico del equipo contrario, haz lo que sabes hacer, enseña tu mirada desafiante y de desprecio. Máquina.
Nada más enterarte de la alineación del equipo de tu hijo, muestra tu desagrado y despotrica del entrenador y de algún jugador. Si tu hijo o alguno de sus compañeros está presente, mejor. Saca al entrenador que llevas dentro. Figura.
En la grada no busques una localidad apartado del resto y en solitario. Busca el grupo para pasar desapercibido. La soledad te impide sacar todo el repertorio de insultos e improperios. Con gente alrededor te creces, aunque tu cerebro sigue igual de pequeño. Grande.
Nada más ver al equipo arbitral en el campo, dedícale unas bellas palabras. Nombra la profesión de la madre, dile cabra superlativa, dale a elegir lo que desee ser, o carbonero o maquinista, recuérdale que está por debajo de la normalidad, y/o cualquier otra lindeza. Si el árbitro es mujer, aprovecha tu casposa hombría y hazle saber que tal vez tenga problemas sexuales por falta de varón, que debería de estar en la cocina, que si le va la bollería o los bocadillos de tortilla. Expláyate, eres un poeta. Crack.
Nada más iniciar el encuentro, si ves que hay algún forcejeo o alguna entrada fuerte hacia uno de los jugadores de tu equipo, dirígete a los chavales por su nombre y trata de reivindicar ese tipo de juego sucio que tanto admiras, a por él, duro y por detrás, a cazarlo. Y si por alguna de aquéllas lo hacen, aplaude y grita como un poseso esa jugada. Que se joda el contrario. El rival no es un equipo, es el enemigo. Esto es la guerra no un deporte.
Si tu hijo está jugando, grítale, haz que se sienta orgulloso de ti. Corrígele la posición en el campo (el entrenador no tiene ni idea), y si comete algún error, como una pelota perdida, o un mal pase, recuérdale lo malo que es a voz en grito. Que se entere todo el campo. El muchacho no lo olvidará. Entrañable.
Mantén tu hipervigilancia. Observa en la grada si hay algún otro padre del equipo contrario y busca la bronca. Lo tienes fácil, insulta al equipo rival, pon algún mote a alguno de los chicos. Si hay algún jugador del enemigo o árbitro (esto último te encanta) de origen subsahariano, magrebí, sudamericano, ha llegado el momento que estabas deseando. Hoy las musas no han pasado de ti, te han otorgado inspiración a raudales para que tus solitarias neuronas se encuentren, hagan conexión y consigas que algún que otro imbécil de tu misma calaña pueda sonreír, y que otros muchos presentes sientan vergüenza ajena.
Si el partido lo gana el equipo de tu hijo, despide al árbitro con insultos y si estás cerca del equipo contrario, haz algún gesto de desprecio hacia los jugadores o seguidores. Exagera tu emoción ante la victoria delante de los rivales, ese momento es entrañable.
Si el partido lo pierde el equipo de tu hijo, despide al árbitro con más insultos y si estás cerca del equipo contrario, haz gestos de desprecio hacia los chicos y busca la bronca con ellos o con algún padre o miembro del cuerpo técnico. Saca al Potro de Vallecas que llevas dentro. Es la guerra chico.
Por la noche
Es el momento en el que el lector puede decidir dónde desea enviar al sujeto. Le damos pistas. Un bar, la comisaría, el hospital, otro bar, su casa, una pocilga, usted decide. Lo que si parece claro, es que su deseo y la realidad no combinan bien, están reñidos. El siguiente partido estará en la grada, por desgracia.
Gracias a Yolanda Cuevas. Gran profesional y mejor persona. www.yolandacuevas.es
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Qué premio se lleva esta gente?
Es algo que se repite en el tiempo, pero sigue y sigue, como si fuera algo positivo, varonil, vamos todo un machote.
A ver cuándo se elimina del deporte esta manera de actuar.
La pena es que los pequeños aprendan de los mayores.
Está bien darle la vuelta y hacer los comentarios de esta forma. Hay que probar todo lo que sea para erradicar estas posturas al lado del deporte.
Son sobre todo los familiares de los jóvenes los que tienen que actuar.
Hay que evitar crear expectativas incontroladas que creen vacíos personales.
Irónica e inteligente descripción de lo que ocurre en lo que debería ser un deporte. Lo peor es que el manipulado energúmeno, que trasmite “toda su sabiduría”, a la siguiente generación, no se da cuenta del papel que desempeña. Si el artículo compara el evento con una guerra ya se sabe para que se organiza y los que la ganan están muy alejados del campo de fútbol aunque próximos a los beneficios económicos
Buena y desternillante descripción del energúmeno que todos hemos conocido alguna vez. El problema que yo veo es que al final de la historia el lector, como tú dices, suele escoger la opción de enviar al sujeto a casa, casi invariablemente. La complicidad de los humanos “normales” con este tipo de gentuza es lo que de verdad me asusta. A un sujeto como éste se le ve venir a la legua, es casi una carícatura, pero el silencio de los testigos de estas situaciones, en realidad representa una cobarde solidariad con el agresor. Todos somos o hemos sido culpables de esto en alguna ocasión, y a veces probablemente hemos sentido vergüenza (propia en este caso)
En el peor de los casos, por evitarnos problemas, por estar tranquilos, por no meternos en ningún lio, agachamos la cabeza y nos convertimos en colaboracionistas. Esto es grave. La historia llevada al extremo nos enseña que de esta manera, se han creado regímenes que han oprimido y/o exterminado a millones, con la silenciosa culpabilidad de la grada.